I have a dream

jueves, 24 de marzo de 2011

Una adicción de la que me declaro culpable



Leer, no es dulce como el chocolate, ni amargo como la cerveza, pero sí una adicción, de la que me declaro culpable. ¿Cómo caí? Fue de niña. No fue por la gramática que se nos hace tan atractiva de pequeños (si, claro) o esos libros clásicos de Miguel A. Asturias del hombre que lo sabía Todo, Todo, todo… Fue más bien en la mera infancia, tengo que viajar a esa linda edad de seis años.

Fue un encuentro un poco tortuoso, entre el odio y el amor, porque no fue fácil. Me llegaban las ocho de la noche y mi madre al lado con casi deseos de leer por mí le tenía paciencia a mis lágrimas. Yo no tenía idea de lo que esos garabatos significaban, mucho menos cómo se pronunciaban, ni hablar de unirlos para producir una palabra.

Pero noche tras noche, algo hizo que la “chispa del amor” diera fruto. Nos fuimos entendiendo y teniendo confianza, me daba la historia y tenía que poner de mi parte para echar a andar la imaginación. Todo empezó a tener claridad, asociar los dibujos con las palabras y memorizar un poco cada garabato, fácil.

No fue amor a primera vista, pero con el tiempo logré concentrarme más y descubrir que si me abstraía podía viajar desde mi habitación a un castillo, una casa en el campo, una granja, un tren en Canadá, presenciar un ataque en Vancouver y muchas historias que aún siguen en mi lista de espera para que pueda transportarme a una especie de vida alterna a la que tengo. Decidí tomar desde muy joven esta adicción pacífica, que no daña casi a nadie, (un minuto de silencio a tanto árbol que elabora el papel de las páginas que leo) a excepción de mi vista. No produce cáncer de pulmón o de hígado, ni separa a las familias y/o amigos, al contrario considero que las une cuando han leído un mismo libro y no hay límites para la imaginación en pareja o grupo.

Un buen libro, cualquiera que sea su contenido no puede estar completo sin un buen separador. Mi primer separador me lo dio mi madre en primaria y desde entonces es como el accesorio del libro que no debe faltar. Se ha vuelto una colección anexa a la de los libros. Fue una frase que tenía ese separador de Snoopy que me hizo reflexionar: “con un libro no es necesario esperar un comercial para ir a la cocina por un bocadillo” desde allí reafirmé mi adicción a los libros, porque ejercita tu mente a diferencia del televisor y su plus: soy dueña del tiempo que me tomo para leerlo o no. No tengo que esperar la próxima semana para el siguiente capítulo y las imágenes las hago en mi mente a mi manera.

Por último, si existe una adicción al libro, también a los considerados bares de libros: las librerías. Cada librería tiene su personalidad y ya se que atrae por su encantador desorden de pilas de libros o su moderno estilo de clasificación. Da tristeza ver que en nuestro país la mayoría de libros están a precios más altos que nuestros países vecinos y a veces sólo se sale a “window shopping” de libros y se regresa a casa sin nada, pero con ganas de ahorrar para ese libro tan atractivo y posiblemente perfecto para una tarde en casa, con la lluvia de fondo y una buena taza de chocolate. Y sólo nos queda decir: pronto, pronto te tendré en mis manos. Nunca pierdo la esperanza…

domingo, 20 de marzo de 2011

Antigua






Eventos políticos, sociales, religiosos y cualquier problema cotidiano que consideremos mayor que los tres anteriores... se esfuman de vez en cuando al escapar en cuerpo y mente de la realidad.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

I have a dream...

El día de hoy desperté muy feliz, el motivo: un sueño que me hizo embarcarme a la aventura. Usualmente, los sueños son especiales, emprenden el deseo de interpretarlos, adivinar qué nos quieren transmitir y queremos creer que guían en la toma de decisiones. Para mi simplemente transporta a un mundo paralelo, es un puñado de imaginación que trabaja en los momentos menos esperados y cuando estamos más relajados. Tal fue el caso de este sueño, al cual ya adorné un poco pero su esencia se mantiene....


Allí estaban, frente a la majestuosa entrada, Dana y Perim, nunca habían visto algo similar en sus vidas. Varios hombres y mujeres con aspecto serio y asombrado a la vez, observaban junto a ellos, era como si hubieran descubierto todo el dinero del mundo y sólo para ellos, en ese mismo lugar.

Dana y Pergrim habían aceptado hace un par de días atrás, emprender la aventura de sus vidas, cuando una mujer de tez morena, alta, bella y con aire intelectual los visitó a su departamento en la ciudad y les describía con cuidado el descubrimiento de su compañero. En la selva existía un montículo, más grande que el resto de pirámides, era una montaña cubierta de vegetación que entre toda la selva destacaba y era difícil de creer que fuera sólo una montaña. Después de varias investigaciones, hipótesis y pruebas, develó una puerta con escrituras muy antiguas. Les tomó un par de años descifrar los códigos pero cuando tenían todas las piezas juntas, interpretaron el secreto mejor guardado de la tribu del lugar. No decía exactamente qué era, sin embargo decía cómo llegar a él.

Cuando llegaron y se unieron al grupo, tres distintas puertas de piedra estaban entre la montaña y cada una tenía suficientes obstáculos inesperados que tendrían que enfrentar, para poder llegar al famoso secreto. Sólo una los llevaría al verdadero tesoro. Todos conversaban y se imaginaban qué podría ser ese secreto. Algunos mencionaban la posibilidad de que ellos tuvieran cantidades enormes de oro, otros indicaban que tenían respuestas que nadie ha podido responder hasta entonces. Dana tenía sueño y sólo pensaba en la aventura que tendrían. Su esposo Perim, la abrazaba y juntos tomaban fotografías de la entrada. Era difícil observar el interior de las tres puertas que ya estaban cuidadosamente abiertas. Estaba oscuro y eran las tres de la mañana. El grupo de científicos y exploradores revisaban el equipo y decidían quién iría en cuál puerta. Después de un par de minutos tenían los equipos distribuidos y entre nervios, gritos de alegría y grandes "Ooohh"

- Nos tocó la puerta del mono- señaló a la pareja, un joven, sonriente y llamándolos con ademanes. - Me llamó Carm- dijo estrechando su mano. Dana y Perim le respondieron con una sonrisa.

- Ella es mi esposa Dana y yo soy Perim, ella trabaja como investigadora social y yo soy mercadólogo, que le gusta la aventura.

- Genial- seguía sonriendo Carm - ¿Están seguros de continuar en este gran descubrimiento? Nadie sabe qué podemos encontrar- Carm caminaba a medida que conversaba con ambos, seguía muy feliz y se notaba la emoción que irradiaban sus ojos color café claro. Tenía unos veinticinco años y poco a poco les fue detallando que era antropólogo, le gustaba el deporte y era un lector muy ávido, especialmente de la ciencia ficción. Su estatura era poco común en ese lugar, era alto, delgado y es probable que no hiciera suficiente deporte, porque aún se notaban sus dedos huesudos y blancos. Su cabello castaño claro era largo y lo sostenía una cola de colores rastafari. Dana estaba acostumbrada a tener compañeros de trabajo con ese aspecto, pero para Perim era algo nuevo y una curiosidad, mientras continuaban bajando por unas escaleras de piedra, llenas de polvo, veía sus pulseras en ambas manos y en sus tobillos, parecía que eran de distintos países.

En poco tiempo tuvieron que encender todas las linternas, porque iban descendiendo y el túnel se iba poniendo oscuro que era imposible ver más allá de las pestañas. Dana volteaba de vez en cuando y se iba despidiendo de la entrada y la luz, ya estaba amaneciendo.

© Página Llena. Design by FCD.